viernes, 27 de diciembre de 2013

Aprender de ellos

Recuerdo esa tarde del viernes, cuando se me hizo tarde para ir al banco y disparado  salí todo apurado rogando poder llegar a tiempo antes de que cerrase, pese a que quedaba a unas cuantas cuadras, no pude llega a tiempo a realizar la transferencia que tanto me urgía realizar; eran pasada las seis de la tarde y al llegar solo encontré un par de imponentes puertas plomizas bien cerradas. Preocupado y con sentimiento de frustración decido ir un rato a descansar al parque, antes de regresar a casa, a pensar en un plan B que me pudiera sacar de apuros. Ya sentado en una de las pocas bancas vacías del parque; pensando, un grupo de estrepitosos niños se aproximaban hacia mí, huyendo de otros que con  diligencia  supuestamente se dedicarían  a buscarlos en sin de juego, mientras estos se escondían. Di por hecho que pasarían por alto mi presencia y me arremeterían con todo, pero gracias al Cielo no fue así. Dividiéndose a tiempo  en dos hileras de bulliciosos gritos  que pasaron por mis costados  siguiendo su ruta.  


No andaba de buen humor, y pude haberme molestado por lo sucedido, sino fuese por un  recuerdo que se filtró  de repente  entre mis pensamientos, remontándome  a los más alegres  juegos que también jugaba en mi época de infante. Así que por eso, los comprendí. Pero no solo eso, sino que también fue oportuno meditar  la situación. Agudizando interesado  la visión, me concentre en su comportamiento. Y vi que eran solo  niños, pequeños  que sin importarles nada, simplemente limitaban sus fuerzas a saciar sus ganas de recreación, desgastando su energía corriendo, saltando, cayéndose al piso y volviéndose a levantar cuantas veces fuese necesario, como parte del juego. Fue entonces que decidí comparar mi condición de adulto, con la de ser un niño, resaltando  las diferencias entre las distintas cosmovisiones que cada quien practica a diario. Ya se que quizás,  haya una distancia cronológica considerable, pero no fue eso lo que me intereso. Sino más bien, me interesaba meditar sobre los cambios cognitivos en el proceso de desarrollo que he ido adoptando, para finalmente terminar  reafirmando la idea de que: HAY MUCHO QUE APRENDER DE ELLOS, ignoran muchas cosas del mundo, pero parece ser, que con lo poco que saben, están tranquilos y no se agobian. La manifestación desinhibida de su naturalidad  ante los demás, difiere mucho de la nuestra, ellos no sufren por aparentar algo que no son, como muchos adultos lo hacen hoy en día, con tal de satisfacer las exigencias de otros.


La procedencia innata de sus sonrisas se reconocen como las más sinceras que puedan haber, explicando cómo es que es más fácil hacer sonreír a un niño proclive al gozo,  que a un adulto, que padece a diario, abrumado por las responsabilidades que tiene que llevar encima. Los niños  no saben de discriminación racial, ni intervienen en la creación de envidias duraderas hacia sus compañeros. No saben odiar. Tampoco saben de inflación económica, de transferencias bancarias, ni de intereses mercantilistas internacionales. Puesto que viven dentro de su  pequeño mundo, resguardados por  de esa burbuja de ilusiones y fantasías que ellos mismos diseñan haciendo uso de su ilimitada imaginacion, de la que  tanto disfrutan y saben sacar provecho, jugando y creando. Y que, es el deber de cada adulto, garantizar que así se dé para su normal desarrollo.  Desconocen los peligros de las calles. y tampoco saben del sometimiento del valor del dinero en perjuicio de  la sociedad y de sus valores morales. No saben de prejuicios.  No saben de la maldad que azota al mundo, ni de la hegemonía de tal o cual país sometiendo a otros  de manera indirecta por medio de su industrialización maquillada, de igual modo ignoran de  delincuencia, y drogadicción, en general, de ninguna problemática social. E indiscutiblemente están privilegiados con una  inocencia que se convierte en la  mejor arma que poseen para poder disfrazar  el impacto que genera la  realidad de la vida, de la cruda realidad que se vive, afrontandola y  tornándola más sencilla y básica de lo que realmente es, y que la gente adulta  conoce  muy bien. 
Hay mucho que aprender de ellos. Mientras se sepa  rescatar  virtudes transcendentales, que puestas en práctica, llenaran de  bienestar a  nuestro estilo de vida a favor  de un sano estado emocional. Por, supuesto, no dejando de ser personas adultas, ya que es la etapa que nos toca vivir, en el presente, pero resultando toda una hazaña, escaparse por un momento del trance de vida adulta en el que solemos caer, mirar a un niño, y aprender tanto de un pequeño, que vive naturalmente su etapa, sin ataduras;  explotando esa libertad que tiene, tal vez no una libertad  física, (refiriéndonos al apego con los padres)  pero si una libertad mental, cosa que el adulto no tiene, debido a restricciones sociales que cada año vamos acumulando, y teniendo que aceptar. Cuando era niño deseaba ser adulto, porque quería ser más libre, y hacer cosas de adultos. Pero ahora que lo soy, hay veces que prefiero regresar a ser un niño, a revivir esas épocas de alegría, fantasía  y   naturalidad, sin preocupaciones. No creo ser un aniñado, por pensar así. Se dice que los niños no tienen responsabilidades, lo cual es falso, quizás no tengan  responsabilidades de índole familiar ni económicas, pero si tienen la gran responsabilidad, de mantener viva siempre una sonrisa  y de ser felices;cuya felicidad sirva como precedente para consolidadar las bases de una prospera vida adulta y sin frustraciones de la infancia en el furuto.
.


    

No hay comentarios:

Publicar un comentario