Recuerdo
esa
tarde del viernes, cuando se me hizo tarde para ir al banco y
disparado salí todo apurado rogando
poder llegar a tiempo antes de que cerrase, pese a que quedaba a unas
cuantas
cuadras, no pude llega a tiempo a realizar la transferencia que tanto me
urgía
realizar; eran pasada las seis de la tarde y al llegar solo encontré un
par de
imponentes puertas plomizas bien cerradas. Preocupado y con sentimiento
de
frustración decido ir un rato a descansar al parque, antes de regresar a
casa,
a pensar en un plan B que me pudiera sacar de apuros. Ya sentado en una
de las
pocas bancas vacías del parque; pensando, un grupo de estrepitosos niños
se
aproximaban hacia mí, huyendo de otros que con diligencia
supuestamente se dedicarían
a buscarlos en sin de juego, mientras estos
se escondían. Di por hecho que pasarían por alto mi presencia y me
arremeterían
con todo, pero gracias al Cielo no fue así. Dividiéndose a tiempo en
dos hileras de bulliciosos gritos que pasaron por mis costados siguiendo su ruta.
No
andaba de buen humor, y pude haberme molestado por lo sucedido, sino fuese por
un recuerdo que se filtró de repente
entre mis pensamientos, remontándome
a los más alegres juegos que
también jugaba en mi época de infante. Así que por eso, los comprendí. Pero no
solo eso, sino que también fue oportuno meditar
la situación. Agudizando interesado la visión, me concentre en su comportamiento. Y
vi que eran solo niños, pequeños que sin importarles nada, simplemente
limitaban sus fuerzas a saciar sus ganas de recreación, desgastando su energía
corriendo, saltando, cayéndose al piso y volviéndose a levantar cuantas veces fuese
necesario, como parte del juego. Fue entonces que decidí comparar mi condición
de adulto, con la de ser un niño, resaltando las diferencias entre las distintas cosmovisiones
que cada quien practica a diario. Ya se que quizás, haya una distancia cronológica considerable,
pero no fue eso lo que me intereso. Sino más bien, me interesaba meditar sobre
los cambios cognitivos en el proceso de desarrollo que he ido adoptando, para
finalmente terminar reafirmando la idea
de que: HAY MUCHO QUE APRENDER DE ELLOS,
ignoran muchas cosas del mundo, pero parece ser, que con lo poco que saben, están
tranquilos y no se agobian. La manifestación desinhibida de su naturalidad ante los demás, difiere mucho de la nuestra,
ellos no sufren por aparentar algo que no son, como muchos adultos lo hacen hoy
en día, con tal de satisfacer las exigencias de otros.
La
procedencia
innata de sus sonrisas se reconocen como las más sinceras que
puedan haber, explicando cómo es que es más fácil hacer sonreír a un
niño
proclive al gozo, que a un adulto, que
padece a diario, abrumado por las responsabilidades que tiene que llevar
encima. Los niños no saben de
discriminación racial, ni intervienen en la creación de envidias
duraderas
hacia sus compañeros. No saben odiar. Tampoco saben de inflación
económica, de
transferencias bancarias, ni de intereses mercantilistas internacionales. Puesto que viven dentro
de su pequeño mundo, resguardados por de esa burbuja de ilusiones y
fantasías que ellos mismos diseñan haciendo uso de su ilimitada imaginacion, de la
que tanto disfrutan y saben sacar
provecho, jugando y creando. Y que, es el deber de cada adulto,
garantizar que así
se dé para su normal desarrollo. Desconocen
los peligros de las calles. y tampoco saben del sometimiento del valor
del
dinero en perjuicio de la sociedad y de
sus valores morales. No saben de prejuicios. No saben de la maldad que
azota al mundo, ni
de la hegemonía de tal o cual país sometiendo a otros de manera
indirecta por medio de su industrialización
maquillada, de igual modo ignoran de delincuencia,
y drogadicción, en general, de ninguna problemática social. E
indiscutiblemente
están privilegiados con una inocencia
que se convierte en la mejor arma que
poseen para poder disfrazar el impacto
que genera la realidad de la vida, de la
cruda realidad que se vive, afrontandola y tornándola más sencilla y
básica de lo que realmente
es, y que la gente adulta conoce muy bien.
Hay mucho que
aprender de ellos. Mientras se sepa rescatar
virtudes transcendentales, que puestas
en práctica, llenaran de bienestar a nuestro estilo de vida a favor de un sano estado emocional. Por, supuesto,
no dejando de ser personas adultas, ya que es la etapa que nos toca vivir, en el
presente, pero resultando toda una hazaña, escaparse por un momento del trance de
vida adulta en el que solemos caer, mirar a un niño, y aprender tanto de un
pequeño, que vive naturalmente su etapa, sin ataduras; explotando esa libertad que tiene, tal vez no
una libertad física, (refiriéndonos al
apego con los padres) pero si una
libertad mental, cosa que el adulto no tiene, debido a restricciones sociales
que cada año vamos acumulando, y teniendo que aceptar. Cuando era niño deseaba
ser adulto, porque quería ser más libre, y hacer cosas de adultos. Pero ahora
que lo soy, hay veces que prefiero regresar a ser un niño, a revivir esas
épocas de alegría, fantasía y naturalidad, sin preocupaciones. No creo ser
un aniñado, por pensar así. Se dice que los niños no tienen responsabilidades,
lo cual es falso, quizás no tengan responsabilidades
de índole familiar ni económicas, pero si tienen la gran responsabilidad, de mantener viva siempre una sonrisa y de ser felices;cuya felicidad sirva como precedente para consolidadar las bases de una prospera vida adulta y sin frustraciones de la infancia en el furuto.
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